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El mismo domingo en que se emitía el último capítulo de la serie sobre su vida, fue el que se ahogó la vida de Juan Gabriel. El destello de su paso aún tiene marcha para rato: Quedan sus canciones, el ruido de los rumores, su testamento y su presencia como la del perfume fuerte de esa tía que nos abrazaba fuerte, diciéndonos que no nos tomáramos la vida demasiado en serio.

Por Jaime García.

 

Que la música y los videos de Juan Gabriel sonarán con insistencia ese domingo no era nada nuevo en la Ciudad de México, porque siempre sus canciones y el sonido del radio emitiendo sus canciones han estado presentes en las casas, y en las calles también, pidiendo protagonismo entre el ruido de fondo de las aceras. Que estuviera en los noticieros no era tan común, porque estaba en todos, y en pocas horas lo de su muerte ya era un hecho.

 

Entre la confusión y la pena compartida, como siempre que muere un artista popular, muchos necesitaban una reunión, y en la confusión inicial corrieron a hacer vigilia al Ángel, pero de manera imprevisible, como la misma vida del artista, la despedida se había esparcido en los karaokes de la Zona Rosa y hacía la Plaza Garibaldi.

 

Pero como toda cara tiene su sello, mientras unos lo despedían, en un gesto incomprensible y absurdo del México moderno, otros volvían a subrayar con la voz palabras como “joto” y “naco”, cuestionando sus gestos y movimientos de señora con lentejuelas.

 

Demasiado grave y demasiado tarde, porque Juan Gabriel ya se había instalado en el ADN de la amplitud modulada para el barrio, para el pueblo mexicano, y desde los soundtracks de las telenovelas de televisa en los ochentas (“El extraño retorno de Diana Salazar”, “El camino secreto”, etc), hacía todo el resto de Latinoamérica. Por eso que el rock le rinda tributo es algo que no sorprende, porque crecimos con el de fondo, porque los homenajes siempre estuvieron allí, es un gesto más honesto, no es como los hipsters descubriendo a Perales en 2016.

 

Juan Gabriel caló en los compositores de música popular en forma y fondo, porque como autor representa muy bien lo cercano, lo común y corriente, porque no pretende nada rebuscado ni extraordinario en lo que dicen sus textos, lo que dicen sus canciones es algo que le pasa a la gente de verdad, y así fue como logró reflejar el alma popular, al pueblo de lenguaje sencillo reflejando a cualquiera sin mayores cuestionamientos: el amor no correspondido, la entrega a toda prueba, la ilusión del sentirse querido.

 

Para mi generación, Juan Gabriel fue también el que ilustró desde la televisión el significado de la palabra “joto”, echada de manera despectiva y violenta por los machos de la casa, pero que, a la larga, descubrimos que no es tan malo, porque lo supo hacer con gracia, es por eso que hoy repetimos la frase que le dijo a un reportero: “lo que se ve, no se pregunta”, porqué el respeto no se mide por quién nos acostamos, si no, a lo que nos dedicamos y cómo nos entregamos a ello.

 

Y allí está Juan Gabriel hoy, instalado entre lo más reconocido y exitoso de la música popular mexicana, contra todo y todos, con sus imperfecciones: su falta de claridad financiera, sus relaciones con el PRI, con los rumores y lo cierto, despidiéndose como una celebración, como un emblema, como una canción alegre mientras la vida se sigue poniendo tan grave.

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